No saber que no se sabe: Cuando los psicólogos pierden la perspectiva

skinner

B.F. Skinner tenía una idea bastante obtusa del mundo: pensaba que la psicoterapia era solo la aplicación tecnológica de leyes conductuales y, peor aún, creía que la sociedad entera podía ser estructurada a partir de dichas leyes psicológicas.

Pensar la emancipación como proyecto pasa necesariamente por determinar la manera en la que los psicólogos la fomentan o, como muy frecuentemente ocurre, la limitan.

Es desde esta intención que no puedo sino notar cómo este artículo sobre constelaciones familiares, escrito a partir de una serie de generalizaciones, distorsiones y omisiones, tiene dos propósitos fundamentales: a) deslegitimizar las constelaciones familiares como una vía para manejar el sufrimiento, para así b) apuntalar la hegemonía del cientificismo en psicología, es decir, la creencia de que hay un solo método científico y que éste es el único método para elaborar conocimiento.

Empecemos por decir que la aproximación es bastante mezquina, pues intenta mostrar una supuesta superioridad -intelectual y moral- a partir de denigrar a un modelo presentándolo como rival. Sobre ésta base, hay algo que podemos decir con seguridad: los psicólogos en Latinoamérica se sienten amenazados por la presencia – seamos concretos – no de las constelaciones, sino de consteladores cuyo servicios tienen una demanda creciente.

¿Y si en vez de inventar historias para dar sentido a este hecho, hacemos lo que le pedimos a nuestros clientes que hagan, a saber, revisarse? ¿Qué tal si en vez de buscar culpables externos nos hacemos responsables de lo que hacemos y, más aún, de lo que dejamos de hacer cuando interactuamos con los clientes/pacientes? ¿Qué tal si reconocemos nuestros límites y los de nuestra profesión? Porque si en algo fallan los algunos psicólogos es en a) en reconocer que son profesionales del comportamiento humano, no seres privilegiados que tiene la clave para separar lo correcto de lo incorrecto y b) en reconocer cierto efecto de la (de)formación profesional, en donde ese “conocimiento científico” se coloca por delante de la experiencia vivida de las personas que atienden o, como me reportó alguien que solicitó mis servicios hace algún tiempo: “es que mientras más títulos tienen más inútiles son” (y con esto hacía referencia a un Doctor en Psicología insistía en aplicar técnicas cognitivo-conductuales porque era un método validado científicamente; validado usando muestras y estadística pero e incapaz de producir un efecto en esta persona concreta).

En fin, hay mucha tela que cortar respecto a la mistificación, implícita en el artículo mencionado, de la psicología y de los psicólogos como supuestos expertos (A los interesados les recomiendo las reflexiones acerca de Psicología Crítica de Ian Parker). Sin embargo, acá me interesa más apuntar a las omisiones y las distorsiones del artículo a la hora de describir las constelaciones familiares.

En corto, si tuviésemos que resumir el problema, tendríamos que decir que el punto crucial es que Bert Hellinger – quien más que “autodenominado” como indica el artículo, tiene entrenamientos formales en psicoterapia- decidió abrir su entrenamiento a los no iniciados y, peor aún, sin ofrecer ningún tipo de sistematicidad en los contenidos. La propuesta de Hellinger, y esto es lo que lo hace atractiva a muchos psicólogos frustrados, es que con participar en talleres de constelaciones, las leyes sobre sistemas “se incorporan” y la posibilidad de introducir frases sanadoras “surge”. Es acá donde comienza todo el entuerto.

En este punto debo reconocer que siempre me ha llamado la atención lo que parece ser un patrón típico: una mujer con algún tipo de problema emocional busca ayuda en un constelador y al cabo de unas cuantas sesiones grupales, y probablemente sin haber resuelto sus problemas, ella misma se erige como consteladora y empieza a facilitar grupos. Esto es digno de estudio: en las constelaciones familiares de Hellinger, al menos desde la Argentina a Canadá, abundan las mujeres divorciadas.

Pero de ahí a decir que las constelaciones familiares son “un peligroso método pseudocientífico” hay un largo trecho. Primero, las constelaciones familiares pertenecen a una tradición que, aunque poco conocida en Latinoamérica, tiene una larga trayectoria. Las de Hellinger son solo una de las tantas aproximaciones que tiene el modelo sistémico.

Intentar desprestigiar a las constelaciones familiares sin conocer el trabajo pionero de Virginia Satir, o las teorías sobre el pensamiento sistémico transgeneracional de Ivan Boszormenyi-Nagy, o el trabajo actual de Franz Ruppert, un doctor en psicología alemán que trabaja traumas desde constelaciones familiares, sólo deja ver la ignorancia de quién ataca lo que no conoce. ¿Saben los psicólogos en Latinoamérica que en Alemania las constelaciones familiares se enseñan en las universidades? ¿Saben la gente, consteladores incluidos, que Bert Hellinger aprendio la metodología de Thea Schoenfelder, psiquiatra, profesora universitaria alemana poco conocida en el resto del mundo?

De hecho, esta peculiaridad del trabajo de Hellinger – entrenar legos- le ha valido la ruptura con aquellos profesionales que mantienen el rigor de las terapias sistémicas. Aún así, la sabiduría de la teoría se mantiene y, por ejemplo, el concepto de ‘campo’ tiene el mismo estatuto que el de ‘inconsciente’ en psicoanálisis o el ‘self’ en la psicoterapia gestalt; son hipótesis de trabajo que permiten reencuadran la experiencia de manera que se pueda hacer algo con ella.

Más aún, algunas de las conclusiones de las constelaciones familiares son sorpresivamente similares a las del psicoanálisis lacaniano (cosa que no es obvia porque los consteladores no estudian psicoanálisis ni los lacanianos estudian constelaciones). Y claro, es acá cuando nos topamos con esa muralla de cientificismo en la que el autor de la nota se encuentra atrapado:

 “Su teoría o modelo teórico es un batiburrillo pseudocientífico de fundamentos captados de otras terapias o modelos de dudosa o nula eficacia como el Psicoanálisis, la Terapia Primal, el Psicodrama, la Hipnosis, el análisis transacional, la Terapia Gestalt, la Programación Neurolingüística (PNL) y la Terapia Familiar Sistémica (de la que el propio autor considera una derivación)”

No es sólo que no conoce el marco amplio de las constelaciones, sino que desconoce el rango, alcance, impacto y sustento de modelos como el psicoanálisis, la hipnosis, la terapia gestalt… (A ver si vamos leyendo, por ejemplo, a los clásicos de la psicología en hipnosis: Ernest Hilgard, quien hizo investigación de laboratorio y creó un modelo explicativo -el cual lleva el adjetivo fetiche: científico- o los libros de Michael Yapko, doctor en psicología que entrena profesionales de la salud mental en el uso clínico de la hipnosis. Quizás al autor le asombre saber que la Division 30 de la American Psychological Association es, precisamente, la Asociación de Hipnosis Psicológica).

En resumen, el problema es mucho más amplio y más complejo que la presencia de facilitadores en constelaciones familiares. Ponerse a predicar en contra de las constelaciones familiares indica que se desconoce el momento histórico en el que nos encontramos, de ausencia de referentes objetivos, de desorientación existencial. Precisamente por esto, esa apelación a la ciencia puede entenderse como un intento por instaurar un nuevo dios que de sentido a nuestras vidas. En palabras de Giddens, en Un Mundo Desbocado, para ser un fundamentalista sólo hace falta elegir un texto y asumirlo como sagrado, como la verdad revelada (Acá no puedo sino pensar en la facilidad con la que un psicólogo puede convertirse en un inquisidor que comienza a perseguir brujas).

Para terminar, algunos puntos concretos:

1. Cada quien se hace cargo de su sufrimiento como mejor puede. La psicología una de las tantas vías para hacer algo con ese sufrimiento pero, como indican los teóricos del discurso, no hay una línea clara que demarque “lo terapéutico” como un área exclusiva de los profesionales psi.
2. Cada método tiene un rango y un alcance y todo depende de las circunstancias concretas de quien solicita ayuda y del entrenamiento y las habilidades de quien la ofrece. De nada sirve un modelo “validado científicamente” si el “experto” aplica el método como si de una receta se tratara. En corto, en todos los ámbitos hay gente talentosa rodeada, mucho me temo, de un mar de mediocridad. Hay psicólogos exitosos en ayudar a otros, y psicólogos que no sirven para mucho, del mismo modo en el que hay consteladores que no pueden ver más alla de sus creencias y consteladores que ayudan a transformar la vida de los demás.
3. La gente tiene sus propios criterios para elegir lo que cree que le conviene. Para bien o para mal, los argumentos “racionales”, en la mayoría de los casos, no sirven para convencerla acerca de lo que debe hacer.
4. Como lineamiento práctico, conviene saber las credenciales de quien presta un servicio, cualquiera que éste sea. Entre un ama de casa que ha tomado 3 talleres de constelaciones o un psicólogo que además de los 3 talleres tiene años de formación en comportamiento humano ¿quién tendrá más herramientas, más posibilidades de ser útil? Mas importante aún, conviene determinar las intenciones de quien presta el servicio: ¿hay una intención genuina de ayudar al otro que se demuestra en el establecimiento de una relación profesional y respetuosa? ¿o mas bien pareciera que esta persona está obsesionada con ser famosa, hacer dinero o demostrar su “sabiduría” a traves de su trabajo? Si algo es cierto, es que muchos asumen la práctica de ciertos modelos como un emprendimiento comercial (lo cual, por cierto, no es exclusivo del mundillo de las constelaciones familiares, pues se da muy frecuente en el ejercicio de la psicología en Norteamerica).
5. A fin de cuentas, hay que ser pragmático: tengo ciertas metas, con ciertos indicadores que demuestran su logro. Luego de una constelación empiezo a ver que esos indicadores empiezan a surgir y me siento mucho mejor… ¿Cree usted, doctor psicólogo, que me importa si es por sugestión, “empatía” (la cual no forma parte, para nada, de las constelaciones) o vaya usted a saber cuál es el proceso básico subyacente al cambio?

Como intervendría un constelador ante alguien empeñado en un camino ideal: ¿quieres hacer lo correcto o quieres estar en paz?

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Neurofeedback, trauma y psicoanálisis

BrainEstoy en medio de una serie webinars a los que atiendo semanalmente para escuchar a los autores más renombrados del momento en lo que a trauma se refiere. La semana pasada la ponente fue Sebern Fisher, autora de Neurofeedback in the Treatment of Developmental Trauma: Calming the Fear-Driven Brain. De las implicaciones de su trabajo quiero comentarles en este post.

Desde hace tiempo me interesa el neurofeedback, básicamente por lo que he escuchado de colegas que han visto el efecto del procedimiento en personas a las que tratan. La técnica si bien no es nueva, no se encuentra tan extendida, fundamentalmente por los efectos de una cultura centrada en sobrevalorar la psicofarmacología. Para darles una idea, acá en Toronto, al menos al día de hoy, no hay nadie ofreciendo servicios de neurofeedback (quizás tenga que ver que la inversión inicial para usar la técnica roza los $10.000, cuando se suma software, equipo y entrenamiento).

Por cierto, neurofeedback es el nuevo nombre del biofeedback. Agarre un sistema de retroalimentación – ahora mediado por computadora-, un aparato de encefalografía y voilà, ya estamos ante la “revolucionaria técnica” que no es más que condicionamiento operante asistido por computadora.

Lo primero que les puedo comentar, entonces, es acerca de mi decepción; la misma que sentí cuando asistí a los talleres de Motivational Interview y descubrí que este “revolucionario modelo para el cambio” no es más que un reempaquetado del trabajo de Carl Rogers y sus técnicas de reflejo. Agarre los diferentes tipos de reflejos, invéntense unos líneamientos a partir de algunas investigaciones empíricas para determinar cada cuántas frases debe introducir un reflejo específico y ya está, ya tiene un nuevo producto – un “protocolo”- que puede ser vendido en la medida en la que se mercadee apropiadamente.

Así pues, la psicoterapia no escapa del horizonte de nuestra época. Como cualquier otro gadget (corra a comprar el último iphone), como la dieta de moda (ahora es la paleo, hasta que alguien mercadee otra), los modelos y las estrategias de abordaje terapéutico siguen la estructura delineada por Lacan a través de su “discurso del capitalismo”, una serie de desplazamientos acerca de lo mismo, cuya finalidad, diría Zizek, es la circulación del capital.

No me malinterpreten. Estoy tratando de separar el grano de la paja, de eliminar mucho de la fantasía imaginaria alrededor del neurofeedback. Como toda técnica, el neurofeedback tiene un rango y un alcance y, por tanto beneficios y limitaciones. Me adelanto para decirles que la recomiendo y la usaría, sabiendo que tiene su lugar en un proceso terapéutico para resolver traumas, sin que por ello sea la única alternativa o “La Mejor”, así en abstracto.

¿Y para que sirve el neurofeedback? Para el paso fundamental que permite empezar a resolver los síntomas del trauma: la estabilización emocional a través de la disminución de la hiperexcitación nerviosa. De manera típica, una persona que lidia con traumas, especialmente con traumas complejos, está siempre hipervigilante, esperando a ver de dónde viene el próximo ataque.

El electroencefalograma permite ver la actividad cerebral y el programa de neurofeedback permite generar ondas de relajación que son retroalimentadas a la persona a traves de la computadora, de manera que se establece un circuito que refuerza la relajación, rompiendo el estado de hipervigilancia. Pero atención, esta ventaja no es diferente de la que se lograría con ejercicios de respiración, meditación, yoga, música barroca, sonidos binaurales, maquinas Megabrain o cualquier otra técnica de relajación. La única diferencia reside en el control, la posibilidad de monitorear la actividad cerebral en tiempo real, y, la más importante a mi parecer: la fantasía de estar frente a “La Solución”; siéntese allí por 20 minutos y juegue con este videojuego. Hágalo por 30 sesiones y verá los resultados. Eso, en nuestra cultura, es mucho más atractivo que “vamos a aprender a meditar. La primera regla es respire y céntrese en el presente, no espere resultados porque entonces no llegarán”.

Esta ventaja corre aparejada con una implicación ética, evidente en el discurso de Sebern Fisher. Ella no trata personas per se, ella trata cerebros a los cuales hay que calmar. Si Usted tiene un trauma, su cerebro está hiperactivo; venga que se lo vamos a calmar. Puedo imaginarme a más de un psicoanalista horrorizado . Sin embargo, “calmar el cerebro” es crucial, especialmente en casos de trauma complejo, donde la persona, generalmente, no quiere y no puede hablar. Por eso sentarse en un diván a asociar libremente debe manejarse con cuidado en casos de trauma y, por regla general, se encuentra contraindicado.

¿Pero el psicoanálisis se encuentra siempre contraindicado en casos de trauma complejo? ¡Por supuesto que no! De hecho, la enseñanza de Lacan nos permite dar cuenta de fenómenos que a nuestra ponente la dejan perpleja. En algún punto de su presentación Sebern Fisher admite que luego de unas sesiones, las personas quieren hablar. ¿Un cerebro calmado quiere hablar? No, un sujeto necesita elaborar ese Real cuya presencia desnuda causa el trauma. Es la elaboración simbólica la que permite hacer algo nuevo con la mortificación que ese Real causa. Eso que es tan obvio para cualquier lacaniano, ya lo vemos, se escapa cuando nos ubicamos fuera del discurso del analista.

El otro punto, y con esto cierro mis comentarios, es que Sebern Fisher no puede explicarse por qué algunas personas se benefician de la técnica, mientras que otras no. La autora puso el ejemplo de un veterano de guerra, el cuál vino con una sucesión de situaciones horrendas, junto a un ama de casa muy motivada (conscientemente) a superar su historia de abuso. Para su sorpresa (no necesariamente para los que atendemos el caso por caso), el veterano salió adelante, mientras la ama de casa dejó la terapia exactamente con el mismo monto de sufrimiento con el que llegó (quizás confirmando que su caso no tiene solución).

De todos los conceptos del aparato teórico de Lacan, es quizás la noción de goce (jouissance) lo que brinda una ventaja a los lacanianos sobre los demás profesionales psi. Si no reconocemos al sujeto del inconsciente, nos imaginamos que la terapia es cuestión de elegir lo lógico y racional: sentirse mejor. La clínica, sin embardo, desmiente esta aspiración (y lo sabemos desde el Más Allá del Principio del Placer, de Freud): la cura supone renunciar a un goce, ese placer excesivo, prohibido y desbordante que se encuentra más allá de la ley y la palabra en relación con una situación específica.

Calmar el cerebro ayuda a lidiar con un trauma pero, para “superarlo”, para hacer algo distinto con ese sufrimiento, un sujeto debe hacer una elección ética, dar un salto -el acto-. Esto, que no es más que lo más obvio de la condición humana, no puede verlo Sebern Fisher ni ningún profesional psi que se empeñe en reducirnos a ser sólo un cerebro.