No saber que no se sabe: Cuando los psicólogos pierden la perspectiva

skinner

B.F. Skinner tenía una idea bastante obtusa del mundo: pensaba que la psicoterapia era solo la aplicación tecnológica de leyes conductuales y, peor aún, creía que la sociedad entera podía ser estructurada a partir de dichas leyes psicológicas.

Pensar la emancipación como proyecto pasa necesariamente por determinar la manera en la que los psicólogos la fomentan o, como muy frecuentemente ocurre, la limitan.

Es desde esta intención que no puedo sino notar cómo este artículo sobre constelaciones familiares, escrito a partir de una serie de generalizaciones, distorsiones y omisiones, tiene dos propósitos fundamentales: a) deslegitimizar las constelaciones familiares como una vía para manejar el sufrimiento, para así b) apuntalar la hegemonía del cientificismo en psicología, es decir, la creencia de que hay un solo método científico y que éste es el único método para elaborar conocimiento.

Empecemos por decir que la aproximación es bastante mezquina, pues intenta mostrar una supuesta superioridad -intelectual y moral- a partir de denigrar a un modelo presentándolo como rival. Sobre ésta base, hay algo que podemos decir con seguridad: los psicólogos en Latinoamérica se sienten amenazados por la presencia – seamos concretos – no de las constelaciones, sino de consteladores cuyo servicios tienen una demanda creciente.

¿Y si en vez de inventar historias para dar sentido a este hecho, hacemos lo que le pedimos a nuestros clientes que hagan, a saber, revisarse? ¿Qué tal si en vez de buscar culpables externos nos hacemos responsables de lo que hacemos y, más aún, de lo que dejamos de hacer cuando interactuamos con los clientes/pacientes? ¿Qué tal si reconocemos nuestros límites y los de nuestra profesión? Porque si en algo fallan los algunos psicólogos es en a) en reconocer que son profesionales del comportamiento humano, no seres privilegiados que tiene la clave para separar lo correcto de lo incorrecto y b) en reconocer cierto efecto de la (de)formación profesional, en donde ese “conocimiento científico” se coloca por delante de la experiencia vivida de las personas que atienden o, como me reportó alguien que solicitó mis servicios hace algún tiempo: “es que mientras más títulos tienen más inútiles son” (y con esto hacía referencia a un Doctor en Psicología insistía en aplicar técnicas cognitivo-conductuales porque era un método validado científicamente; validado usando muestras y estadística pero e incapaz de producir un efecto en esta persona concreta).

En fin, hay mucha tela que cortar respecto a la mistificación, implícita en el artículo mencionado, de la psicología y de los psicólogos como supuestos expertos (A los interesados les recomiendo las reflexiones acerca de Psicología Crítica de Ian Parker). Sin embargo, acá me interesa más apuntar a las omisiones y las distorsiones del artículo a la hora de describir las constelaciones familiares.

En corto, si tuviésemos que resumir el problema, tendríamos que decir que el punto crucial es que Bert Hellinger – quien más que “autodenominado” como indica el artículo, tiene entrenamientos formales en psicoterapia- decidió abrir su entrenamiento a los no iniciados y, peor aún, sin ofrecer ningún tipo de sistematicidad en los contenidos. La propuesta de Hellinger, y esto es lo que lo hace atractiva a muchos psicólogos frustrados, es que con participar en talleres de constelaciones, las leyes sobre sistemas “se incorporan” y la posibilidad de introducir frases sanadoras “surge”. Es acá donde comienza todo el entuerto.

En este punto debo reconocer que siempre me ha llamado la atención lo que parece ser un patrón típico: una mujer con algún tipo de problema emocional busca ayuda en un constelador y al cabo de unas cuantas sesiones grupales, y probablemente sin haber resuelto sus problemas, ella misma se erige como consteladora y empieza a facilitar grupos. Esto es digno de estudio: en las constelaciones familiares de Hellinger, al menos desde la Argentina a Canadá, abundan las mujeres divorciadas.

Pero de ahí a decir que las constelaciones familiares son “un peligroso método pseudocientífico” hay un largo trecho. Primero, las constelaciones familiares pertenecen a una tradición que, aunque poco conocida en Latinoamérica, tiene una larga trayectoria. Las de Hellinger son solo una de las tantas aproximaciones que tiene el modelo sistémico.

Intentar desprestigiar a las constelaciones familiares sin conocer el trabajo pionero de Virginia Satir, o las teorías sobre el pensamiento sistémico transgeneracional de Ivan Boszormenyi-Nagy, o el trabajo actual de Franz Ruppert, un doctor en psicología alemán que trabaja traumas desde constelaciones familiares, sólo deja ver la ignorancia de quién ataca lo que no conoce. ¿Saben los psicólogos en Latinoamérica que en Alemania las constelaciones familiares se enseñan en las universidades? ¿Saben la gente, consteladores incluidos, que Bert Hellinger aprendio la metodología de Thea Schoenfelder, psiquiatra, profesora universitaria alemana poco conocida en el resto del mundo?

De hecho, esta peculiaridad del trabajo de Hellinger – entrenar legos- le ha valido la ruptura con aquellos profesionales que mantienen el rigor de las terapias sistémicas. Aún así, la sabiduría de la teoría se mantiene y, por ejemplo, el concepto de ‘campo’ tiene el mismo estatuto que el de ‘inconsciente’ en psicoanálisis o el ‘self’ en la psicoterapia gestalt; son hipótesis de trabajo que permiten reencuadran la experiencia de manera que se pueda hacer algo con ella.

Más aún, algunas de las conclusiones de las constelaciones familiares son sorpresivamente similares a las del psicoanálisis lacaniano (cosa que no es obvia porque los consteladores no estudian psicoanálisis ni los lacanianos estudian constelaciones). Y claro, es acá cuando nos topamos con esa muralla de cientificismo en la que el autor de la nota se encuentra atrapado:

 “Su teoría o modelo teórico es un batiburrillo pseudocientífico de fundamentos captados de otras terapias o modelos de dudosa o nula eficacia como el Psicoanálisis, la Terapia Primal, el Psicodrama, la Hipnosis, el análisis transacional, la Terapia Gestalt, la Programación Neurolingüística (PNL) y la Terapia Familiar Sistémica (de la que el propio autor considera una derivación)”

No es sólo que no conoce el marco amplio de las constelaciones, sino que desconoce el rango, alcance, impacto y sustento de modelos como el psicoanálisis, la hipnosis, la terapia gestalt… (A ver si vamos leyendo, por ejemplo, a los clásicos de la psicología en hipnosis: Ernest Hilgard, quien hizo investigación de laboratorio y creó un modelo explicativo -el cual lleva el adjetivo fetiche: científico- o los libros de Michael Yapko, doctor en psicología que entrena profesionales de la salud mental en el uso clínico de la hipnosis. Quizás al autor le asombre saber que la Division 30 de la American Psychological Association es, precisamente, la Asociación de Hipnosis Psicológica).

En resumen, el problema es mucho más amplio y más complejo que la presencia de facilitadores en constelaciones familiares. Ponerse a predicar en contra de las constelaciones familiares indica que se desconoce el momento histórico en el que nos encontramos, de ausencia de referentes objetivos, de desorientación existencial. Precisamente por esto, esa apelación a la ciencia puede entenderse como un intento por instaurar un nuevo dios que de sentido a nuestras vidas. En palabras de Giddens, en Un Mundo Desbocado, para ser un fundamentalista sólo hace falta elegir un texto y asumirlo como sagrado, como la verdad revelada (Acá no puedo sino pensar en la facilidad con la que un psicólogo puede convertirse en un inquisidor que comienza a perseguir brujas).

Para terminar, algunos puntos concretos:

1. Cada quien se hace cargo de su sufrimiento como mejor puede. La psicología una de las tantas vías para hacer algo con ese sufrimiento pero, como indican los teóricos del discurso, no hay una línea clara que demarque “lo terapéutico” como un área exclusiva de los profesionales psi.
2. Cada método tiene un rango y un alcance y todo depende de las circunstancias concretas de quien solicita ayuda y del entrenamiento y las habilidades de quien la ofrece. De nada sirve un modelo “validado científicamente” si el “experto” aplica el método como si de una receta se tratara. En corto, en todos los ámbitos hay gente talentosa rodeada, mucho me temo, de un mar de mediocridad. Hay psicólogos exitosos en ayudar a otros, y psicólogos que no sirven para mucho, del mismo modo en el que hay consteladores que no pueden ver más alla de sus creencias y consteladores que ayudan a transformar la vida de los demás.
3. La gente tiene sus propios criterios para elegir lo que cree que le conviene. Para bien o para mal, los argumentos “racionales”, en la mayoría de los casos, no sirven para convencerla acerca de lo que debe hacer.
4. Como lineamiento práctico, conviene saber las credenciales de quien presta un servicio, cualquiera que éste sea. Entre un ama de casa que ha tomado 3 talleres de constelaciones o un psicólogo que además de los 3 talleres tiene años de formación en comportamiento humano ¿quién tendrá más herramientas, más posibilidades de ser útil? Mas importante aún, conviene determinar las intenciones de quien presta el servicio: ¿hay una intención genuina de ayudar al otro que se demuestra en el establecimiento de una relación profesional y respetuosa? ¿o mas bien pareciera que esta persona está obsesionada con ser famosa, hacer dinero o demostrar su “sabiduría” a traves de su trabajo? Si algo es cierto, es que muchos asumen la práctica de ciertos modelos como un emprendimiento comercial (lo cual, por cierto, no es exclusivo del mundillo de las constelaciones familiares, pues se da muy frecuente en el ejercicio de la psicología en Norteamerica).
5. A fin de cuentas, hay que ser pragmático: tengo ciertas metas, con ciertos indicadores que demuestran su logro. Luego de una constelación empiezo a ver que esos indicadores empiezan a surgir y me siento mucho mejor… ¿Cree usted, doctor psicólogo, que me importa si es por sugestión, “empatía” (la cual no forma parte, para nada, de las constelaciones) o vaya usted a saber cuál es el proceso básico subyacente al cambio?

Como intervendría un constelador ante alguien empeñado en un camino ideal: ¿quieres hacer lo correcto o quieres estar en paz?

“Recepción”: El Sueño de la Familia

London Eye

London Eye

 

Un internauta postea el siguiente sueño:

– Huésped: Hola, ¿será que venden tickets para el London Eye?

– Yo: sí, por supuesto, y con descuento. ¿Cuántos niños y cuántos adultos irían?

– Huésped: somos dos adultos y tres niños.

(En medio del sueño, mi lado alerta y consciente del absurdo entra en mi defensa y me avisa que todo se trata de un sueño y que debo descansar, que deje ir eso).

– Yo: bueno, señor, realmente no estoy trabajando, ya estoy durmiendo; sin embargo se los venderé por esta vez. ¿Quiere pagar con efectivo o tarjeta?

Para analizarlo le propongo que me envíe sus asociaciones a los elementos centrales del sueño:

  1. The London Eye: “vista y altura. Pagar dinero innecesariamente, pod, lentitud, vuelta, girar, atracción tonta“.
  2. Dos adultos y tres niños: “familia. Dos de las tres veces que fui (al London Eye) fue con familiares que me vinieron a visitar. A pesar de que me parece aburrida la atracción, buenos recuerdos están asociados a ella“.

También le pregunté que título le pondría al sueño. Me dijo que “recepción”.

Aunque nuestro soñante no se extienda en las asociaciones, hay suficiente material para saber de qué va el sueño. En principio, vemos que ambos significantes, ‘London Eye’ y ‘familia’, se encuentran relacionados. Esta noria, o rueda de la fortuna, es una atracción familiar.

En este punto no puedo dejar de pensar en la simbología de la carta del tarot que lleva el mismo nombre.

10-Wheel

La Rueda de la Fortuna es una carta que representa, entre otras cosas, las vueltas de la vida, los golpes de azar, el hecho de que a veces estamos bien y a veces mal en un continuo devenir. Así pues, la London Eye representa de manera particular los contenidos generales de la carta.

El huésped quiere montarse con su familia en la noria, lo que yo entiendo como que una parte de la personalidad aspira a los placeres de la rutina familiar; el día a día de la esposa y los hijos con los avatares de la vida del hogar. Sin embargo, otra parte, la consciente, reconoce que debe descansar, dejar ir eso.

¿Sabe el lector que nuestro soñante acaba de terminar su matrimonio? Además de las asociaciones, fui confiado con los detalles de la separación. En resumen, ella cambió de plan de vida. Los miembros de la pareja dejaron de caminar en la misma dirección (con lo que ‘London Eye’, como significante, vendría a representar también este gran cambio).

Es comprensible entonces que haya que tomarse un tiempo; hacer el duelo y sanar las heridas. Pero, atención, el sueño indica que nuestro amigo permite el acceso a la atracción, pese al reconocimiento de que está libre (léase soltero).

Estamos ante un sueño positivo, pues indica la recuperación de la esperanza en ese proyecto personal llamado “hombre de familia”. Este proyecto, como todo, tiene un precio (¿efectivo o tarjeta?); un precio que se paga al momento (‘efectivo’) o en el futuro (‘tarjeta’). No puedo sino pensar que nuestro soñante se debate entre confiar de nuevo o no, o más específicamente, entre lanzarse de una, ahora, o esperar un poco mas. Lo que nos lleva a lo más interesante de esta interpretación: basado en este desarrollo estoy seguro que nuestro soñante ha conocido a alguien que le está haciendo latir el corazón.

QUÉ PODEMOS APRENDER DE LEELAH ALCORN: PSICOANÁLISIS Y LO IMPOSIBLE DE LA EXISTENCIA

Leelah Alcorn

La muerte de Leelah Alcorn, adolescente transgénero que se quitó la vida lanzándose frente a un camión en una autopista, sirve para ilustrar algunos de los temas que estructuran al psicoanálisis lacaniano o, lo que es lo mismo, el psicoanálisis lacaniano nos permite leer algunos de los ejes que cruzaron la vida de Leelah Alcorn. Con este ejercicio, podemos extraer algunas consideraciones de interés para los que aquí seguimos.

1. Nuestra compleja relación con el Otro

Estamos entrelazados a un Otro que nos antecede. En última instancia ese Otro es el lenguaje, de donde provienen los significantes que dan forma a nuestra experiencia (v.g. soy un ‘hombre’, tengo ‘hambre’, estoy ‘triste’, en vez de soy un ‘2-spirits‘ o siento ‘saudade‘…).  Pero, como se deduce de los ejemplos mencionados, el lenguaje no ocurre en el vacío y se transmite de acuerdo a los designios de ese gran Otro llamado cultura, una cultura – “el modo en el que aquí hacemos las cosas” – que se materializa en una sociedad específica a través de personas concretas, esos pequeños otros que llamamos papá, mamá o, en ultima instancia, los adultos que nos criaron.

Así las cosas, nuestro drama comienza porque somos nombrados por el Otro. Nuestra prematuridad cuando venimos al mundo nos hace dependientes de esos adultos y de ese regalo/maldición que nos hace inteligibles, el lenguaje. Herramienta imperfecta, pues nuestra experiencia corporal es, en esencia, ajena al lenguaje; a-verbal. Lloramos y, de manera típica, es nuestra madre la que sentencia: “el niño tiene hambre”, “la niña está asustada”. Con el paso del tiempo, entonces, crecemos con una imagen que nos (des)representa. Una imagen que, si todo sale bien, comenzamos a cuestionar, redefinir y hacer propia a partir de la adolescencia.

Para algunos, esta tarea resulta más fácil que para otros. Si lo que descubro se encuentra alineado con los designios del gran Otro (v.g. soy ‘hombre’ y me siento ‘atraido’ por una ‘mujer’) la cosa pasa y el sujeto puede seguir sin mayores inconvenientes (o más precisamente, con los interrogantes comunes de cualquier neurótico). Pero en algunos casos lo que proviene del cuerpo se resiste, no encaja en esos significantes, y es entonces cuando se abre una brecha y aparecen los síntomas; lo no dicho retorna.

Para el entonces Joshua la situación puede resumirse – hipersimplificarse – con el sintagma que ya es común en la comunidad LGBT, una ‘mujer’ atrapada en el cuerpo de un ‘hombre’.  Al menos ese sería el inicio de la subversión que se desprende del proyecto freudiano: desenlazarse del Otro para valerse de él.

Y uno podría imaginarse un cambio súbito en la posición subjetiva, amanecer de golpe siento distinto para asumir con alegría la tarea creativa de reinventarse, de abrir el espacio al deseo propio. Para bien o para mal, la clínica muestra que esto no ocurre, que este trabajo es gradual y que requiere volver una y otra vez alrededor de lo mismo, hasta identificar la palabra clave, el “significante amo”, y empezar a hacer algo nuevo con él (esto sin contar con todo lo relacionado a la dimensión del goce, aparejada a todo esto que indico).

Pero Joshua nunca llegó tan lejos. Se cambió el nombre, pero siguió enlazada a la demanda del Otro.

2. Pasaje al acto: cuando el Otro nos sofoca

Armado con su nuevo nombre, Leelah pidió reconocimiento. Salió del closet con sus padres, ‘cristianos’ y ‘conservadores’ (léase sin fisuras), los cuales no sólo le impidieron la reasignación hormonal, sino que le dijeron que era “una fase” (que para ellos era ‘homosexual’) y lo enviaron a un centro de reconversión.

La presencia del Otro se siente, especialmente cuando es tan grotescamente abrumadora, cuando el des(re)conocimiento es tan craso y rampante como en el párrafo anterior: “no eres quien dices ser, eres quien nosotros decimos que eres”. Podemos imaginar la turbulencia interna, eso que algunos psicólogos sociales llaman ‘disonancia cognoscitiva’ (me siento ‘mujer’ pero me dicen, y mi cuerpo parece confirmar, que soy un ‘hombre’). Pero también podemos imaginar el sofoco, la sensación de estarse traicionando al aceptar/asumir el designio del Otro (en lacanés: “un goce mortífero”).

Es esta incapacidad de resolver el conflicto, de contener esta experiencia corporal lo que empuja, en un sentido muy literal, a buscar un modo de drenar; de cortarse los brazos, por ejemplo (acting out), o de lanzarse a las llantas de un camión (passage à l’acte). Lo segundo fue lo que hizo Leelah; huir del Otro para sumegirse en la dimensión de lo real.

Precisamente por el drama adjunto a este acto sin palabras, es que sabemos que lo de Leelah no es un acto verdadero; en él no puede reconocerse al sujeto responsable de su deseo, sino el intento (imposible) por escapar a la demanda del Otro (v.g. se un ‘hombre’).

3. La futilidad de intentar conmover al Otro

Pero ¿fue un acto sin palabras? Sí, Leelah fue hasta la autopista y se lanzó a las ruedas de un camión. Las palabras las escribió antes, en un post de publicación preprogramada donde contaba su drama, culpaba a sus padres y pedía mayor educación para promover la aceptación de los transgéneros por parte de la sociedad. Leelah desperdició su vida fantaseando que su sacrificio conmovería a ese amo elegido por el sujeto.

Como bien lo saben los sobrevivientes de catástrofes y guerras, al Otro le trae sin cuidado el drama del sujeto (Slavoj Zizek narra en diversos lugares el desdén y la incredulidad frente a las historias de las mujeres violadas durante la guerra de los balcanes, tanto como Boris Cyrulnik detalla el estigma que padecen los huérfanos de las guerras europeas). Al Otro no le importa, y bien claro que nos lo deja la madre de Leelah. Publicó en su Facebook que su hijo Joshua había “muerto en un accidente”, y cuando las redes sociales protestaron – cuando aquellos identificados con la víctima denunciaron a este Otro -, la madre logró retirar la entrada del Tumblr donde Leelah dejaba testimonio de su drama. Des(re)conocimiento: nunca te miraré desde donde quieres que te vea.

Si como dice Alejandro Jodorowsky, nuestra forma de morir es nuestro último poema, podemos ver en ese camión un modo de simbolizar al Otro de Leelah; “mira lo que me has hecho”, parece que nos quisiera decir ella. Desde la extimidad yo articularía “Leelah: la que se lanza para ser arrollada por el Otro”.

4. ¿Qué nos queda entonces?

Leelah ya no está y es poco probable que su muerte transforme en algo al mundo que la circundaba (en este punto pareciése que algo sí se mueve en el Otro cuando éste es capaz de reconocerse en su crueldad, como en el caso de Daniel Zamudio. De todos modos, es un asunto complejo, el cual podemos resumir diciendo que no es lo mismo un gay asesinado en Chile que una trans que se suicida en Estados Unidos).

Aún así, el desafío para cada uno de nosotros persiste: la existencia humana no tiene solución. No hay manera de crear armonía. Crecemos alienados de nosotros mismos y es nuestro deber ético, al menos así lo propone el psicoanálisis, confrontarnos con nuestra verdad, con los límites que nuestras circunstancias concretas imponen a nuestra vida. Cuando asumimos este reto, que usualmente empieza cuando identificamos que “algo no encaja”, terminamos descubriendo en carne propia que cada uno de nosotros es, en sí mismo, una minoría sexual; cada sujeto genera su propio objeto, único y particular.

Pero este bosquejo que luce tan claro y prometedor se encuentra, en la práctica, lleno de los vericuetos propios de la vida misma. No estoy seguro si Leelah hubiese sobrevivido a su adolescencia yendo a un psicoanalista. Como en toda profesión, los hay buenos y malos. En términos de temas LGBT esto debe entenderse del siguiente modo: frente a la diversidad sexual, no todos los psicoanalistas pueden sostener la posición del analista y, según mi propia experiencia, para poder hacerlo, la mayoría debe volver al diván.

TERAPIA PARA EL TRAUMA

image1Desde la última vez que que escribí, he asistido regulamente a esta serie de webinars que les comentaba, con los autores más renombrados del momento en el ámbito del tratamiento del trauma psicológico. La serie inició con Stephen Porges y su Polyvagal Theory y continuó con la autora que les comentaba – Sebern Fisher y Neurofeedback en el trauma durante el desarrollo. Luego vino Bessel van der Kolk, quizás el más reconocido de la lista, a quien le siguió Pat Ogden, creadora de la Terapia Sensoriomotora.

Es curioso cómo hay una serie de ideas comunes que se repiten; la primera de ellas, que es necesario desarrollar y mantener cierto nivel de relajación – disminuir la activación fisiológica y/o cerebral- para poder transformar los efectos del trauma. Por fin estamos abiertamente reconociendo que esa terapia de vieja escuela conocida como terapia de inundación, al menos en lo que respecta al tratamiento del trauma es, simplemente, barbárica. (La técnica de inundación consiste en exponerse, de manera inescapable y sostenida, al estímulo que causa ansiedad. Por ejemplo, si la persona tiene temor a una araña, se le encierra en un cuarto con arañas. Según la teoría, en algún momento la fatiga obliga a la persona a relajarse, con lo que se supone se rompe la asociación estímulo amenazante-respuesta de estrés. Toda una vuelta muy sofisticada para lo que ahora llamamos retraumatización).

Eso que Sebern Fisher comentaba de manera general, con Bessel van der Kolk, adquiere un nivel de detalle mucho más útil. De este autor destaca su talento para integrar investigación, práctica clínica y espíritu didáctico a la hora de explicar el funcionamiento del cerebro en relación al tratamiento de traumas. En este sentido me parecieron muy interesantes sus analogías (les debo los nombres de las estructuras cerebrales involucradas):

1. El detector de humo: aquellas partes encargadas de reaccionar frente a ciertos estímulos, detonando la respuesta de ansiedad como una señal para preparar al organismo frente a un posible ataque. Obviamente, estos estímulos dependen de la historia del individuo y se fijan bien sea por repetición o por intensidad emocional. Por ejemplo, cada vez que siento que una persona camina detrás de mí, mi cuerpo se tensa y mi corazón se acelera (porque he sido asaltado varias veces o porque una vez me atracaron poniéndome una pistola en la cabeza).

Van der Kolk indica que el gran avance en el tratamiento del trauma ha radicado en concentrarse en escuchar los mensajes del cuerpo y que esto se puede hacer de muchas maneras (no sólo con neurofeedback) sino con todo el arsenal de técnicas provenientes de Oriente (meditación, yoga, qigong…) tanto como, agrego yo, aquellas desarrolladas por las psicoterapias humanistas (Gestalt, Focusing, Hipnoterapia…). Estas técnicas permiten empezar a identificar los detonantes y, lo más importante, a tolerar la respuesta corporal, la cual anticipaba peligro en el pasado, pero que en el presente resulta disfuncional (asumiendo que la persona se encuentra ahora en un entorno seguro).

2. El cerebro cocinero: las partes del cerebro que conducen e integran la información. Lo crucial es que éstas dejan de funcionar cuando la activación es muy alta. Por eso las personas pueden contar lo sucedido, pero la respuesta emocional se vuelve autónoma y se presenta como síntomas corporales (ataques de pánico, presión arterial alta…) desconectados de la historia narrada. Resulta vital, entonces, disminuir la activación como vía de promover la integración psicocorporal.

3. La torre de control: se relaciona con el llamado “observador interno” en las tradiciones orientales. Es la parte del cerebro que controla las partes más primitivas, el así llamado “cerebro reptil”. La clave consiste en desarrollar tolerancia a esas sensaciones corporales para poder observarlas. El rol del terapeuta es servir de regulador del afecto, creando y manteniendo la sensación de seguridad anted de empezar a visitar esas memorias traumáticas.

Respecto a este punto, el autor hace mención a la terapia EMDR como muy interesante, pues a pesar de que no tenemos claro el mecanismo subyacente, la investigación es sólida en cuanto a lo efectiva que es. Valga aclarar acá que antes de aplicar los protocolos de EMDR se necesita desarrollar esta plataforma de relajación de la que habla van der Kolk.

Hubo muchas otras cosas interesantes que voy a dejar afuera por el momento, como la función positiva de los flashbacks, qué es la disociación y lo que él llama la terapia del sistema límbico. Ya habrá tiempo de volver a ellos. Por el momento les anticipo que el próximo post será sobre terapia sensoriomotora.

Neurofeedback, trauma y psicoanálisis

BrainEstoy en medio de una serie webinars a los que atiendo semanalmente para escuchar a los autores más renombrados del momento en lo que a trauma se refiere. La semana pasada la ponente fue Sebern Fisher, autora de Neurofeedback in the Treatment of Developmental Trauma: Calming the Fear-Driven Brain. De las implicaciones de su trabajo quiero comentarles en este post.

Desde hace tiempo me interesa el neurofeedback, básicamente por lo que he escuchado de colegas que han visto el efecto del procedimiento en personas a las que tratan. La técnica si bien no es nueva, no se encuentra tan extendida, fundamentalmente por los efectos de una cultura centrada en sobrevalorar la psicofarmacología. Para darles una idea, acá en Toronto, al menos al día de hoy, no hay nadie ofreciendo servicios de neurofeedback (quizás tenga que ver que la inversión inicial para usar la técnica roza los $10.000, cuando se suma software, equipo y entrenamiento).

Por cierto, neurofeedback es el nuevo nombre del biofeedback. Agarre un sistema de retroalimentación – ahora mediado por computadora-, un aparato de encefalografía y voilà, ya estamos ante la “revolucionaria técnica” que no es más que condicionamiento operante asistido por computadora.

Lo primero que les puedo comentar, entonces, es acerca de mi decepción; la misma que sentí cuando asistí a los talleres de Motivational Interview y descubrí que este “revolucionario modelo para el cambio” no es más que un reempaquetado del trabajo de Carl Rogers y sus técnicas de reflejo. Agarre los diferentes tipos de reflejos, invéntense unos líneamientos a partir de algunas investigaciones empíricas para determinar cada cuántas frases debe introducir un reflejo específico y ya está, ya tiene un nuevo producto – un “protocolo”- que puede ser vendido en la medida en la que se mercadee apropiadamente.

Así pues, la psicoterapia no escapa del horizonte de nuestra época. Como cualquier otro gadget (corra a comprar el último iphone), como la dieta de moda (ahora es la paleo, hasta que alguien mercadee otra), los modelos y las estrategias de abordaje terapéutico siguen la estructura delineada por Lacan a través de su “discurso del capitalismo”, una serie de desplazamientos acerca de lo mismo, cuya finalidad, diría Zizek, es la circulación del capital.

No me malinterpreten. Estoy tratando de separar el grano de la paja, de eliminar mucho de la fantasía imaginaria alrededor del neurofeedback. Como toda técnica, el neurofeedback tiene un rango y un alcance y, por tanto beneficios y limitaciones. Me adelanto para decirles que la recomiendo y la usaría, sabiendo que tiene su lugar en un proceso terapéutico para resolver traumas, sin que por ello sea la única alternativa o “La Mejor”, así en abstracto.

¿Y para que sirve el neurofeedback? Para el paso fundamental que permite empezar a resolver los síntomas del trauma: la estabilización emocional a través de la disminución de la hiperexcitación nerviosa. De manera típica, una persona que lidia con traumas, especialmente con traumas complejos, está siempre hipervigilante, esperando a ver de dónde viene el próximo ataque.

El electroencefalograma permite ver la actividad cerebral y el programa de neurofeedback permite generar ondas de relajación que son retroalimentadas a la persona a traves de la computadora, de manera que se establece un circuito que refuerza la relajación, rompiendo el estado de hipervigilancia. Pero atención, esta ventaja no es diferente de la que se lograría con ejercicios de respiración, meditación, yoga, música barroca, sonidos binaurales, maquinas Megabrain o cualquier otra técnica de relajación. La única diferencia reside en el control, la posibilidad de monitorear la actividad cerebral en tiempo real, y, la más importante a mi parecer: la fantasía de estar frente a “La Solución”; siéntese allí por 20 minutos y juegue con este videojuego. Hágalo por 30 sesiones y verá los resultados. Eso, en nuestra cultura, es mucho más atractivo que “vamos a aprender a meditar. La primera regla es respire y céntrese en el presente, no espere resultados porque entonces no llegarán”.

Esta ventaja corre aparejada con una implicación ética, evidente en el discurso de Sebern Fisher. Ella no trata personas per se, ella trata cerebros a los cuales hay que calmar. Si Usted tiene un trauma, su cerebro está hiperactivo; venga que se lo vamos a calmar. Puedo imaginarme a más de un psicoanalista horrorizado . Sin embargo, “calmar el cerebro” es crucial, especialmente en casos de trauma complejo, donde la persona, generalmente, no quiere y no puede hablar. Por eso sentarse en un diván a asociar libremente debe manejarse con cuidado en casos de trauma y, por regla general, se encuentra contraindicado.

¿Pero el psicoanálisis se encuentra siempre contraindicado en casos de trauma complejo? ¡Por supuesto que no! De hecho, la enseñanza de Lacan nos permite dar cuenta de fenómenos que a nuestra ponente la dejan perpleja. En algún punto de su presentación Sebern Fisher admite que luego de unas sesiones, las personas quieren hablar. ¿Un cerebro calmado quiere hablar? No, un sujeto necesita elaborar ese Real cuya presencia desnuda causa el trauma. Es la elaboración simbólica la que permite hacer algo nuevo con la mortificación que ese Real causa. Eso que es tan obvio para cualquier lacaniano, ya lo vemos, se escapa cuando nos ubicamos fuera del discurso del analista.

El otro punto, y con esto cierro mis comentarios, es que Sebern Fisher no puede explicarse por qué algunas personas se benefician de la técnica, mientras que otras no. La autora puso el ejemplo de un veterano de guerra, el cuál vino con una sucesión de situaciones horrendas, junto a un ama de casa muy motivada (conscientemente) a superar su historia de abuso. Para su sorpresa (no necesariamente para los que atendemos el caso por caso), el veterano salió adelante, mientras la ama de casa dejó la terapia exactamente con el mismo monto de sufrimiento con el que llegó (quizás confirmando que su caso no tiene solución).

De todos los conceptos del aparato teórico de Lacan, es quizás la noción de goce (jouissance) lo que brinda una ventaja a los lacanianos sobre los demás profesionales psi. Si no reconocemos al sujeto del inconsciente, nos imaginamos que la terapia es cuestión de elegir lo lógico y racional: sentirse mejor. La clínica, sin embardo, desmiente esta aspiración (y lo sabemos desde el Más Allá del Principio del Placer, de Freud): la cura supone renunciar a un goce, ese placer excesivo, prohibido y desbordante que se encuentra más allá de la ley y la palabra en relación con una situación específica.

Calmar el cerebro ayuda a lidiar con un trauma pero, para “superarlo”, para hacer algo distinto con ese sufrimiento, un sujeto debe hacer una elección ética, dar un salto -el acto-. Esto, que no es más que lo más obvio de la condición humana, no puede verlo Sebern Fisher ni ningún profesional psi que se empeñe en reducirnos a ser sólo un cerebro.

RELÁJATE: EL SUEÑO DE LA PLAYA

Norman Rockwell Triple Autoportrait, Triple Self-portraitAl comentar este sueño de una persona que me sigue en twitter, quiero aprovechar la oportunidad para destacar cómo en las relaciones 2.0 se dan los mismos fenómenos que en la vida cotidiana, la 1.0. El medio cambia pero las mentes siguen siendo las mismas; funcionando siempre del mismo modo.

De manera general conocemos a alguien y, a falta de información, comenzamos a asumir, intuir… a proyectar nuestra fantasía. Eso que depende de elementos concretos (e.g. “esos ojos me inspiran ternura”, “se ve que es inteligente”) se vuelve difuso en los encuentros virtuales y, paradójicamente, la falta de señas hace que sea más fácil proyectarnos (¿cuántas veces no nos hemos decepcionado de conocer en persona a alguien que durante nuestros encuentros por Internet imaginábamos completamente distinta?). Mientras menos podamos identificar las características del otro, más rápido nos proyectaremos, colocando allí afuera lo que, en última instancia, nos pertenece.

Ese es el “truco” del psicoanálisis. Un profesional entrenado en la técnica de suprimir su propia subjetividad – mantener la cara de póquer – señala a quien se sienta en su diván quién (o qué) es ese Otro que el analizante engancha en la figura del analista. Este desplazamiento, la actualización de relaciones primordiales en la relación analítica, es lo que se conoce como transferencia y es lo que sostiene al proceso de análisis. El psicoanalista, si se coloca en la posición que corresponde, sólo le interesa la verdad de ese sujeto y no se entristece, ni se molesta… no demanda nada salvo que ese que se acuesta en el diván se entregue a la experiencia de la asociación libre.

Lo curioso es que desde la perspectiva del analizante, el psicoanalista debería saber lo que le pasa; “dígame lo que tengo”, “cuál es mi diagnóstico”, “qué es lo que piensa de mí”, “¿soy normal o estoy muy loco?” serían las formas más obvias de esta pretensión, a saber, que el analista sabe. Se dice entonces, que el analista es colocado por el analizante en en el lugar supuesto-saber.

El lugar supuesto-saber, “hay alguien que no soy yo que sí sabe sobre mí”, puede aparecer proyectado en sueños. Por eso me he permitido este rodeo, para dar contexto al sueño en cuestión en este post.

Te vi en una casa de playa. Junto a otras personas mirábamos el mar pero ninguno entró a bañarse. Tú estabas contento con otro grupo de mujeres y me decías “anda ponte el traje de baño y toma el sol”.

Comencemos por los elementos clave: una casa de playa, personas mirando el océano pero ninguno se baña, mi persona, la relación con el grupo de mujeres y con la soñante y la orden y el mensaje con el que termina el sueño.

La persona que tuvo este sueño no sabe mucho mí, aunque sabe que soy psicólogo y que interpreto sueños. A propósito de esto, mi presencia en su sueño indica algo de ella, no de mí; es una fantasía proyectada. Los sueños siempre hablan del soñante, no de las personas que aparecen en el sueño.

De igual forma, para la interpretación lo más importante es la asociación libre del soñante. En estos posts, sin embargo, me aventuro a lanzar algunas ideas a modo de hipótesis de trabajo.

Lo primero que me llama la atención es la ubicación: la playa, el mar, y el hecho de que los protagonistas no se aventuren a meterse al agua. La mayoría de las veces resulta útil pensar en el mar como el inconsciente. “Ninguno se baña”. Entre esas partes internas, las personas, y el mar, hay una distancia, se encuentran separadas. El sujeto se encuentra dividido y el sueño anuncia que hay contenidos inconscientes que podrían aparecer. ¿Qué pasaría si esas personas se bañan en el mar, entonces?

A la vez, yo aparezco contento con otro grupo de mujeres. Este es el lugar supuesto-saber y la imposibilidad de alcanzarlo (“está con ellas y no conmigo”), a la vez que se obtiene una orden – ponte el traje de baño – y un consejo que, en última instancia, puede traducirse en “relájate”. El comando sobre el traje de baño podría ir en varias direcciones; por un lado, a desestimar la seducción, a la vez que la sugiere y por el otro, el de ponerse el traje apropiado para la ocasión. Podría decir una que otra cosa acerca de cómo se percibe a sí misma esta persona; pareciera que, conscientemente, no confía mucho en sí misma. Casi estoy tentado a decir que, aunque dividido, no quiere saber. Limitémonos a decir entonces: prepárate para hacer tu trabajo pendiente y relájate.

Cambiemos de lenguaje para hacer más accesible la cosa. Las partes de un sueño, de acuerdo a la psicoterapia gestalt, son partes del mundo interno que aparecen proyectadas. Ese Carlos sería una proyección de lo que algunos llamarían “el terapeuta interno”. Si seguimos con la idea de la autoconfianza, ésta se encuentra proyectada en otros, y parte del proceso sería recuperarla; tomar consciencia que de ella nadie, salvo ella misma, puede saber.

Este proceso podría empezar investigando qué es todo eso que la soñante ha puesto en mí; cuál es su fantasía respecto al Carlos de carne y hueso. Un terapeuta gestáltico propondría algunos ejercicios para reapropiarse de la proyección; para empezar a asumir esa sabiduría interna, esa posibilidad de autoconocimiento. Desde el psicoanálisis lacaniano, yo diría que ella está en transferencia y, si yo fuese su analista, que no lo soy, la invitaría a pasar del sillón de las sesiones preliminares al diván. A empezar a bañarse en el mar, como quien dice.

Por otra parte, y esto tiene que ver con el hecho de que ella no es mi cliente pero probablemente está en alguna forma de psicoterapia, el mensaje es claro: tómatelo con calma. Conocerse a uno mismo implica aprender a seguir el paso del self, del sujeto (o cualquiera de los otros nombres que se usen de acuerdo al modelo del profesional), antes que imponer el ritmo de la consciencia, de las presiones del “ya debería haber resuelto esto”, “yo debería controlar tal cosa” o “si me apuro terminaré más rápido”.

El tiempo de la terapia o del análisis no se determina. Uno se lanza a la aventura (¿al agua?) y lo mejor es no buscar, porque en el camino siempre algo se encuentra. Tarea: leer el poema de Kavafis, Itaca.

LACANALAIRE: OBERTURA

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Con Colette Soler al final del Seminario, París, Julio 2013

… es estrictamente imposible formular una pregunta sensata en el lenguaje usado por esta comunidad; uno tendría que tener la desvergüenza del Hurón o el descaro grotesto del niño de El Emperador Desnudo para hacer la observación correspondiente. Esta sería, sin embargo, la única manera de abrir las cosas a la discusión allí.

Jacques Lacan, 1956

Déjenme relatarles lo que considero el nodo central de mi experiencia en el Segundo Seminario en Inglés del Grupo de Investigación de las Formaciones Clínicas del Campo Lacaniano, llevado a cabo en París en Julio de 2013 (Second English Speaking Seminar of the Research Group of Clinical Formations of the Lacanian field. Paris, July 6, 7, 2013), cuyo título fue Los Nombres del Padre y los Padres (The Name of the Father and Fathers).

Para este encuentro, cada uno de los miembros del grupo de presentadores eligió una formulación de Lacan para ser comentada. Colette Soler, iniciando la tarde del sábado 6 de Julio, tomó un párrafo del Seminario XXII: RSI, de la clase del 21 de Enero de 1975.

14.30 / 17.30
COLETTE SOLER, Chair, Radu Turcanu

Séminaire R.S.I. De la leçon du 21 janvier 1975
“Il faut que n’importe qui puisse faire exception pour que la fonction de l’exception devienne modèle, mais la réciproque n’est pas vraie — il ne faut pas que l’exception traîne chez n’importe qui pour, de ce fait, constituer modèle”.

Seminar R.S.I., from the lesson of January 21 1975
“It is necessary that anyone can make an exception in order that the function of the exception becomes a model, but the reverse is not true—the exception mustn’t hang about with just anyone, for it thereby constitutes a model.”

De acuerdo a sus palabras, eligió este punto por considerarlo crucial: la excepción se convierte en el modelo, pero ser una excepción no es suficiente para ser un modelo.

Para darle contexto a esta idea, articuló su discusión con la pregunta ¿qué es lo que constituye a un buen padre? En el sentido de ¿qué hace que un padre cumpla adecuadamente su función? Su respuesta, basada en el comentario del texto es que quien se encuentra en la posición de padre debe ser discreto en torno a su resolución síntomática. Este sería el gran reto para cualquiera que se confronte con la crianza, desarrollar lo simbólico al punto de poder sostener la función.

Por supuesto, podría pasar unas buenas páginas desarrollando el punto, pero prefiero ir al grano. La discusión de Colette Soler se basó en dos ideas conocidas por todo psicoanalista lacaniano. La primera, que Lacan disoció de manera radical al sujeto de lo biológico. No se es hombre por tener pene, como no se es mujer por tener vagina. El aparato teórico de Lacan, a partir de las fórmulas de la sexuación, nos muestra que el sexo, en lo simbólico, es mucho más complejo, y se relaciona con posiciones – masculina y femenina – determinadas por la función fálica.

La segunda idea, es que el Nombre del Padre, como función, se encuentra en lo simbólico. Tal y como se deduce del comentario de Soler, en la estructura, el padre, el garante de la Ley, podría ser un tío, como sucede en algunas sociedades. ¡También podría ser una mujer! Esto no lo dijo la ponente, pero fue mi asociación a partir de lo que ella dijo: piénsese en Elizabeth I de Inglaterra y en cómo pudo colocar a un lado su vida privada – ser discreta en su resolución síntomática – para mantenerse como la soberada del reino, para ser exitosa en la implantación de la Ley.

Fue acá que no pude contenerme, y sabiendo de la larga trayectoria de la presentadora en la vida institucional del psicoanálisis, tanto como constatando su erudición a la hora de comentar los textos de Lacan, me atreví a formular mi pregunta:

Con estas dos ideas, la de la sexuación como expresión de la disociación entre sujeto y biología y la del Nombre del Padre como una función en los simbólico, usted ha servido la mesa para una discusión fructífera en torno al asunto de la homoparentalidad (v.g. cuando los matrimonios del mismo sexo deciden tener hijos). Por eso le pregunto: ¿qué cree que suceda con los psicoanalistas que a la hora de abordar este tema pierden los papeles, argumentando hacia el lado negativo de la homoparentalidad, hacia el por qué no debería suceder?

Desde ya les adelanto que agradezco, primero, que toleraran el modo en el que formulé la pregunta y, segundo, el tiempo que los panelistas dedicaron a responderla. Claro, no fue un recorrido directo. De hecho, y frente a la incomodidad inicial, mi respuesta ese día fue que mejor la dejábamos para el domingo en la tarde, durante el espacio abierto para la discusión.

Al día siguiente, Colette Soler tomó la palabra para responderme: “Vamos a ver si entiendo la pregunta. Se refiere a qué sucede cuando un psicoanalista no está de acuerdo con los modelos alternativos de familia”. ¡Noten el desplazamiento de “por qué pierden los papeles” a “cuando no está de acuerdo” o de “homoparentalidad” a “modelos alternativos de familia”! Por supuesto, no pude sino replicar:

“Me parece muy interesante el modo en el que reformula la pregunta. Todos sabemos lo que pasa cuando un psicoanalista no está de acuerdo con los matrimonios del mismo sexo y la homoparentalidad: escribe sus opiniones personales haciéndolas pasar como planteamientos teóricos. Mi pregunta es precisamente esa, por qué no pueden sostener la posición del analista frente a este fenómeno social”.

Lo que vino a continuación fue una discusión entre tensa y estimulante, acerca del papel del psicoanalista en el horizonte de nuestra época. Fue muy interesante escuchar a Colette Soler decir cosas como “bueno, es un tema complejo, porque un psicoanalista puede sentir la necesidad de escribir en contra del matrimonio gay y eso podría ser parte de su papel como psicoanalista” (lo que plantea una interrogante cuya respuesta he venido articulando desde entonces: ¿es que acaso todo lo que dice un psicoanalista procede de la posición del analista?).

Al final mi pregunta fue respondida. Otro de los panelistas concluyó que los psicoanalistas también tienen prejuicios, que el matrimonio del mismo sexo es relativamente nuevo y potencialmente amenazante y qué cada psicoanalista hace lo que puede a la hora de teorizar al respecto.

Dado que el seminario se refería a Los Nombres del Padre y los Padres, yo no puedo sino estar honrado por el tiempo dedicado a responder mi pregunta. En lo personal creo que el tema de la homoparentalidad es complejo y que los verdaderos problemas están más allá de la reacción desde lo imaginario, desde esa fantasía según la cual hay algo destructivo o amenazante en el hecho de que dos personas con genitales similares formen familias. Hay que ir más allá de este velo si queremos empezar a articular las implicaciones de este “callejón sin salida” de los tiempos que corren.

Cierro mi relato diciendo que algo parece haberse movido con la discusión, al menos de mi lado. Desde ese evento, y quizás gracias a él, he retomado la investigación, como la que se suele activar al formar parte de un cartel. Ya les contaré. De eso tratan mis próximas entregas.