Neurofeedback, trauma y psicoanálisis

BrainEstoy en medio de una serie webinars a los que atiendo semanalmente para escuchar a los autores más renombrados del momento en lo que a trauma se refiere. La semana pasada la ponente fue Sebern Fisher, autora de Neurofeedback in the Treatment of Developmental Trauma: Calming the Fear-Driven Brain. De las implicaciones de su trabajo quiero comentarles en este post.

Desde hace tiempo me interesa el neurofeedback, básicamente por lo que he escuchado de colegas que han visto el efecto del procedimiento en personas a las que tratan. La técnica si bien no es nueva, no se encuentra tan extendida, fundamentalmente por los efectos de una cultura centrada en sobrevalorar la psicofarmacología. Para darles una idea, acá en Toronto, al menos al día de hoy, no hay nadie ofreciendo servicios de neurofeedback (quizás tenga que ver que la inversión inicial para usar la técnica roza los $10.000, cuando se suma software, equipo y entrenamiento).

Por cierto, neurofeedback es el nuevo nombre del biofeedback. Agarre un sistema de retroalimentación – ahora mediado por computadora-, un aparato de encefalografía y voilà, ya estamos ante la “revolucionaria técnica” que no es más que condicionamiento operante asistido por computadora.

Lo primero que les puedo comentar, entonces, es acerca de mi decepción; la misma que sentí cuando asistí a los talleres de Motivational Interview y descubrí que este “revolucionario modelo para el cambio” no es más que un reempaquetado del trabajo de Carl Rogers y sus técnicas de reflejo. Agarre los diferentes tipos de reflejos, invéntense unos líneamientos a partir de algunas investigaciones empíricas para determinar cada cuántas frases debe introducir un reflejo específico y ya está, ya tiene un nuevo producto – un “protocolo”- que puede ser vendido en la medida en la que se mercadee apropiadamente.

Así pues, la psicoterapia no escapa del horizonte de nuestra época. Como cualquier otro gadget (corra a comprar el último iphone), como la dieta de moda (ahora es la paleo, hasta que alguien mercadee otra), los modelos y las estrategias de abordaje terapéutico siguen la estructura delineada por Lacan a través de su “discurso del capitalismo”, una serie de desplazamientos acerca de lo mismo, cuya finalidad, diría Zizek, es la circulación del capital.

No me malinterpreten. Estoy tratando de separar el grano de la paja, de eliminar mucho de la fantasía imaginaria alrededor del neurofeedback. Como toda técnica, el neurofeedback tiene un rango y un alcance y, por tanto beneficios y limitaciones. Me adelanto para decirles que la recomiendo y la usaría, sabiendo que tiene su lugar en un proceso terapéutico para resolver traumas, sin que por ello sea la única alternativa o “La Mejor”, así en abstracto.

¿Y para que sirve el neurofeedback? Para el paso fundamental que permite empezar a resolver los síntomas del trauma: la estabilización emocional a través de la disminución de la hiperexcitación nerviosa. De manera típica, una persona que lidia con traumas, especialmente con traumas complejos, está siempre hipervigilante, esperando a ver de dónde viene el próximo ataque.

El electroencefalograma permite ver la actividad cerebral y el programa de neurofeedback permite generar ondas de relajación que son retroalimentadas a la persona a traves de la computadora, de manera que se establece un circuito que refuerza la relajación, rompiendo el estado de hipervigilancia. Pero atención, esta ventaja no es diferente de la que se lograría con ejercicios de respiración, meditación, yoga, música barroca, sonidos binaurales, maquinas Megabrain o cualquier otra técnica de relajación. La única diferencia reside en el control, la posibilidad de monitorear la actividad cerebral en tiempo real, y, la más importante a mi parecer: la fantasía de estar frente a “La Solución”; siéntese allí por 20 minutos y juegue con este videojuego. Hágalo por 30 sesiones y verá los resultados. Eso, en nuestra cultura, es mucho más atractivo que “vamos a aprender a meditar. La primera regla es respire y céntrese en el presente, no espere resultados porque entonces no llegarán”.

Esta ventaja corre aparejada con una implicación ética, evidente en el discurso de Sebern Fisher. Ella no trata personas per se, ella trata cerebros a los cuales hay que calmar. Si Usted tiene un trauma, su cerebro está hiperactivo; venga que se lo vamos a calmar. Puedo imaginarme a más de un psicoanalista horrorizado . Sin embargo, “calmar el cerebro” es crucial, especialmente en casos de trauma complejo, donde la persona, generalmente, no quiere y no puede hablar. Por eso sentarse en un diván a asociar libremente debe manejarse con cuidado en casos de trauma y, por regla general, se encuentra contraindicado.

¿Pero el psicoanálisis se encuentra siempre contraindicado en casos de trauma complejo? ¡Por supuesto que no! De hecho, la enseñanza de Lacan nos permite dar cuenta de fenómenos que a nuestra ponente la dejan perpleja. En algún punto de su presentación Sebern Fisher admite que luego de unas sesiones, las personas quieren hablar. ¿Un cerebro calmado quiere hablar? No, un sujeto necesita elaborar ese Real cuya presencia desnuda causa el trauma. Es la elaboración simbólica la que permite hacer algo nuevo con la mortificación que ese Real causa. Eso que es tan obvio para cualquier lacaniano, ya lo vemos, se escapa cuando nos ubicamos fuera del discurso del analista.

El otro punto, y con esto cierro mis comentarios, es que Sebern Fisher no puede explicarse por qué algunas personas se benefician de la técnica, mientras que otras no. La autora puso el ejemplo de un veterano de guerra, el cuál vino con una sucesión de situaciones horrendas, junto a un ama de casa muy motivada (conscientemente) a superar su historia de abuso. Para su sorpresa (no necesariamente para los que atendemos el caso por caso), el veterano salió adelante, mientras la ama de casa dejó la terapia exactamente con el mismo monto de sufrimiento con el que llegó (quizás confirmando que su caso no tiene solución).

De todos los conceptos del aparato teórico de Lacan, es quizás la noción de goce (jouissance) lo que brinda una ventaja a los lacanianos sobre los demás profesionales psi. Si no reconocemos al sujeto del inconsciente, nos imaginamos que la terapia es cuestión de elegir lo lógico y racional: sentirse mejor. La clínica, sin embardo, desmiente esta aspiración (y lo sabemos desde el Más Allá del Principio del Placer, de Freud): la cura supone renunciar a un goce, ese placer excesivo, prohibido y desbordante que se encuentra más allá de la ley y la palabra en relación con una situación específica.

Calmar el cerebro ayuda a lidiar con un trauma pero, para “superarlo”, para hacer algo distinto con ese sufrimiento, un sujeto debe hacer una elección ética, dar un salto -el acto-. Esto, que no es más que lo más obvio de la condición humana, no puede verlo Sebern Fisher ni ningún profesional psi que se empeñe en reducirnos a ser sólo un cerebro.

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