QUÉ PODEMOS APRENDER DE LEELAH ALCORN: PSICOANÁLISIS Y LO IMPOSIBLE DE LA EXISTENCIA

Leelah Alcorn

La muerte de Leelah Alcorn, adolescente transgénero que se quitó la vida lanzándose frente a un camión en una autopista, sirve para ilustrar algunos de los temas que estructuran al psicoanálisis lacaniano o, lo que es lo mismo, el psicoanálisis lacaniano nos permite leer algunos de los ejes que cruzaron la vida de Leelah Alcorn. Con este ejercicio, podemos extraer algunas consideraciones de interés para los que aquí seguimos.

1. Nuestra compleja relación con el Otro

Estamos entrelazados a un Otro que nos antecede. En última instancia ese Otro es el lenguaje, de donde provienen los significantes que dan forma a nuestra experiencia (v.g. soy un ‘hombre’, tengo ‘hambre’, estoy ‘triste’, en vez de soy un ‘2-spirits‘ o siento ‘saudade‘…).  Pero, como se deduce de los ejemplos mencionados, el lenguaje no ocurre en el vacío y se transmite de acuerdo a los designios de ese gran Otro llamado cultura, una cultura – “el modo en el que aquí hacemos las cosas” – que se materializa en una sociedad específica a través de personas concretas, esos pequeños otros que llamamos papá, mamá o, en ultima instancia, los adultos que nos criaron.

Así las cosas, nuestro drama comienza porque somos nombrados por el Otro. Nuestra prematuridad cuando venimos al mundo nos hace dependientes de esos adultos y de ese regalo/maldición que nos hace inteligibles, el lenguaje. Herramienta imperfecta, pues nuestra experiencia corporal es, en esencia, ajena al lenguaje; a-verbal. Lloramos y, de manera típica, es nuestra madre la que sentencia: “el niño tiene hambre”, “la niña está asustada”. Con el paso del tiempo, entonces, crecemos con una imagen que nos (des)representa. Una imagen que, si todo sale bien, comenzamos a cuestionar, redefinir y hacer propia a partir de la adolescencia.

Para algunos, esta tarea resulta más fácil que para otros. Si lo que descubro se encuentra alineado con los designios del gran Otro (v.g. soy ‘hombre’ y me siento ‘atraido’ por una ‘mujer’) la cosa pasa y el sujeto puede seguir sin mayores inconvenientes (o más precisamente, con los interrogantes comunes de cualquier neurótico). Pero en algunos casos lo que proviene del cuerpo se resiste, no encaja en esos significantes, y es entonces cuando se abre una brecha y aparecen los síntomas; lo no dicho retorna.

Para el entonces Joshua la situación puede resumirse – hipersimplificarse – con el sintagma que ya es común en la comunidad LGBT, una ‘mujer’ atrapada en el cuerpo de un ‘hombre’.  Al menos ese sería el inicio de la subversión que se desprende del proyecto freudiano: desenlazarse del Otro para valerse de él.

Y uno podría imaginarse un cambio súbito en la posición subjetiva, amanecer de golpe siento distinto para asumir con alegría la tarea creativa de reinventarse, de abrir el espacio al deseo propio. Para bien o para mal, la clínica muestra que esto no ocurre, que este trabajo es gradual y que requiere volver una y otra vez alrededor de lo mismo, hasta identificar la palabra clave, el “significante amo”, y empezar a hacer algo nuevo con él (esto sin contar con todo lo relacionado a la dimensión del goce, aparejada a todo esto que indico).

Pero Joshua nunca llegó tan lejos. Se cambió el nombre, pero siguió enlazada a la demanda del Otro.

2. Pasaje al acto: cuando el Otro nos sofoca

Armado con su nuevo nombre, Leelah pidió reconocimiento. Salió del closet con sus padres, ‘cristianos’ y ‘conservadores’ (léase sin fisuras), los cuales no sólo le impidieron la reasignación hormonal, sino que le dijeron que era “una fase” (que para ellos era ‘homosexual’) y lo enviaron a un centro de reconversión.

La presencia del Otro se siente, especialmente cuando es tan grotescamente abrumadora, cuando el des(re)conocimiento es tan craso y rampante como en el párrafo anterior: “no eres quien dices ser, eres quien nosotros decimos que eres”. Podemos imaginar la turbulencia interna, eso que algunos psicólogos sociales llaman ‘disonancia cognoscitiva’ (me siento ‘mujer’ pero me dicen, y mi cuerpo parece confirmar, que soy un ‘hombre’). Pero también podemos imaginar el sofoco, la sensación de estarse traicionando al aceptar/asumir el designio del Otro (en lacanés: “un goce mortífero”).

Es esta incapacidad de resolver el conflicto, de contener esta experiencia corporal lo que empuja, en un sentido muy literal, a buscar un modo de drenar; de cortarse los brazos, por ejemplo (acting out), o de lanzarse a las llantas de un camión (passage à l’acte). Lo segundo fue lo que hizo Leelah; huir del Otro para sumegirse en la dimensión de lo real.

Precisamente por el drama adjunto a este acto sin palabras, es que sabemos que lo de Leelah no es un acto verdadero; en él no puede reconocerse al sujeto responsable de su deseo, sino el intento (imposible) por escapar a la demanda del Otro (v.g. se un ‘hombre’).

3. La futilidad de intentar conmover al Otro

Pero ¿fue un acto sin palabras? Sí, Leelah fue hasta la autopista y se lanzó a las ruedas de un camión. Las palabras las escribió antes, en un post de publicación preprogramada donde contaba su drama, culpaba a sus padres y pedía mayor educación para promover la aceptación de los transgéneros por parte de la sociedad. Leelah desperdició su vida fantaseando que su sacrificio conmovería a ese amo elegido por el sujeto.

Como bien lo saben los sobrevivientes de catástrofes y guerras, al Otro le trae sin cuidado el drama del sujeto (Slavoj Zizek narra en diversos lugares el desdén y la incredulidad frente a las historias de las mujeres violadas durante la guerra de los balcanes, tanto como Boris Cyrulnik detalla el estigma que padecen los huérfanos de las guerras europeas). Al Otro no le importa, y bien claro que nos lo deja la madre de Leelah. Publicó en su Facebook que su hijo Joshua había “muerto en un accidente”, y cuando las redes sociales protestaron – cuando aquellos identificados con la víctima denunciaron a este Otro -, la madre logró retirar la entrada del Tumblr donde Leelah dejaba testimonio de su drama. Des(re)conocimiento: nunca te miraré desde donde quieres que te vea.

Si como dice Alejandro Jodorowsky, nuestra forma de morir es nuestro último poema, podemos ver en ese camión un modo de simbolizar al Otro de Leelah; “mira lo que me has hecho”, parece que nos quisiera decir ella. Desde la extimidad yo articularía “Leelah: la que se lanza para ser arrollada por el Otro”.

4. ¿Qué nos queda entonces?

Leelah ya no está y es poco probable que su muerte transforme en algo al mundo que la circundaba (en este punto pareciése que algo sí se mueve en el Otro cuando éste es capaz de reconocerse en su crueldad, como en el caso de Daniel Zamudio. De todos modos, es un asunto complejo, el cual podemos resumir diciendo que no es lo mismo un gay asesinado en Chile que una trans que se suicida en Estados Unidos).

Aún así, el desafío para cada uno de nosotros persiste: la existencia humana no tiene solución. No hay manera de crear armonía. Crecemos alienados de nosotros mismos y es nuestro deber ético, al menos así lo propone el psicoanálisis, confrontarnos con nuestra verdad, con los límites que nuestras circunstancias concretas imponen a nuestra vida. Cuando asumimos este reto, que usualmente empieza cuando identificamos que “algo no encaja”, terminamos descubriendo en carne propia que cada uno de nosotros es, en sí mismo, una minoría sexual; cada sujeto genera su propio objeto, único y particular.

Pero este bosquejo que luce tan claro y prometedor se encuentra, en la práctica, lleno de los vericuetos propios de la vida misma. No estoy seguro si Leelah hubiese sobrevivido a su adolescencia yendo a un psicoanalista. Como en toda profesión, los hay buenos y malos. En términos de temas LGBT esto debe entenderse del siguiente modo: frente a la diversidad sexual, no todos los psicoanalistas pueden sostener la posición del analista y, según mi propia experiencia, para poder hacerlo, la mayoría debe volver al diván.

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LACANALAIRE: OBERTURA

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Con Colette Soler al final del Seminario, París, Julio 2013

… es estrictamente imposible formular una pregunta sensata en el lenguaje usado por esta comunidad; uno tendría que tener la desvergüenza del Hurón o el descaro grotesto del niño de El Emperador Desnudo para hacer la observación correspondiente. Esta sería, sin embargo, la única manera de abrir las cosas a la discusión allí.

Jacques Lacan, 1956

Déjenme relatarles lo que considero el nodo central de mi experiencia en el Segundo Seminario en Inglés del Grupo de Investigación de las Formaciones Clínicas del Campo Lacaniano, llevado a cabo en París en Julio de 2013 (Second English Speaking Seminar of the Research Group of Clinical Formations of the Lacanian field. Paris, July 6, 7, 2013), cuyo título fue Los Nombres del Padre y los Padres (The Name of the Father and Fathers).

Para este encuentro, cada uno de los miembros del grupo de presentadores eligió una formulación de Lacan para ser comentada. Colette Soler, iniciando la tarde del sábado 6 de Julio, tomó un párrafo del Seminario XXII: RSI, de la clase del 21 de Enero de 1975.

14.30 / 17.30
COLETTE SOLER, Chair, Radu Turcanu

Séminaire R.S.I. De la leçon du 21 janvier 1975
“Il faut que n’importe qui puisse faire exception pour que la fonction de l’exception devienne modèle, mais la réciproque n’est pas vraie — il ne faut pas que l’exception traîne chez n’importe qui pour, de ce fait, constituer modèle”.

Seminar R.S.I., from the lesson of January 21 1975
“It is necessary that anyone can make an exception in order that the function of the exception becomes a model, but the reverse is not true—the exception mustn’t hang about with just anyone, for it thereby constitutes a model.”

De acuerdo a sus palabras, eligió este punto por considerarlo crucial: la excepción se convierte en el modelo, pero ser una excepción no es suficiente para ser un modelo.

Para darle contexto a esta idea, articuló su discusión con la pregunta ¿qué es lo que constituye a un buen padre? En el sentido de ¿qué hace que un padre cumpla adecuadamente su función? Su respuesta, basada en el comentario del texto es que quien se encuentra en la posición de padre debe ser discreto en torno a su resolución síntomática. Este sería el gran reto para cualquiera que se confronte con la crianza, desarrollar lo simbólico al punto de poder sostener la función.

Por supuesto, podría pasar unas buenas páginas desarrollando el punto, pero prefiero ir al grano. La discusión de Colette Soler se basó en dos ideas conocidas por todo psicoanalista lacaniano. La primera, que Lacan disoció de manera radical al sujeto de lo biológico. No se es hombre por tener pene, como no se es mujer por tener vagina. El aparato teórico de Lacan, a partir de las fórmulas de la sexuación, nos muestra que el sexo, en lo simbólico, es mucho más complejo, y se relaciona con posiciones – masculina y femenina – determinadas por la función fálica.

La segunda idea, es que el Nombre del Padre, como función, se encuentra en lo simbólico. Tal y como se deduce del comentario de Soler, en la estructura, el padre, el garante de la Ley, podría ser un tío, como sucede en algunas sociedades. ¡También podría ser una mujer! Esto no lo dijo la ponente, pero fue mi asociación a partir de lo que ella dijo: piénsese en Elizabeth I de Inglaterra y en cómo pudo colocar a un lado su vida privada – ser discreta en su resolución síntomática – para mantenerse como la soberada del reino, para ser exitosa en la implantación de la Ley.

Fue acá que no pude contenerme, y sabiendo de la larga trayectoria de la presentadora en la vida institucional del psicoanálisis, tanto como constatando su erudición a la hora de comentar los textos de Lacan, me atreví a formular mi pregunta:

Con estas dos ideas, la de la sexuación como expresión de la disociación entre sujeto y biología y la del Nombre del Padre como una función en los simbólico, usted ha servido la mesa para una discusión fructífera en torno al asunto de la homoparentalidad (v.g. cuando los matrimonios del mismo sexo deciden tener hijos). Por eso le pregunto: ¿qué cree que suceda con los psicoanalistas que a la hora de abordar este tema pierden los papeles, argumentando hacia el lado negativo de la homoparentalidad, hacia el por qué no debería suceder?

Desde ya les adelanto que agradezco, primero, que toleraran el modo en el que formulé la pregunta y, segundo, el tiempo que los panelistas dedicaron a responderla. Claro, no fue un recorrido directo. De hecho, y frente a la incomodidad inicial, mi respuesta ese día fue que mejor la dejábamos para el domingo en la tarde, durante el espacio abierto para la discusión.

Al día siguiente, Colette Soler tomó la palabra para responderme: “Vamos a ver si entiendo la pregunta. Se refiere a qué sucede cuando un psicoanalista no está de acuerdo con los modelos alternativos de familia”. ¡Noten el desplazamiento de “por qué pierden los papeles” a “cuando no está de acuerdo” o de “homoparentalidad” a “modelos alternativos de familia”! Por supuesto, no pude sino replicar:

“Me parece muy interesante el modo en el que reformula la pregunta. Todos sabemos lo que pasa cuando un psicoanalista no está de acuerdo con los matrimonios del mismo sexo y la homoparentalidad: escribe sus opiniones personales haciéndolas pasar como planteamientos teóricos. Mi pregunta es precisamente esa, por qué no pueden sostener la posición del analista frente a este fenómeno social”.

Lo que vino a continuación fue una discusión entre tensa y estimulante, acerca del papel del psicoanalista en el horizonte de nuestra época. Fue muy interesante escuchar a Colette Soler decir cosas como “bueno, es un tema complejo, porque un psicoanalista puede sentir la necesidad de escribir en contra del matrimonio gay y eso podría ser parte de su papel como psicoanalista” (lo que plantea una interrogante cuya respuesta he venido articulando desde entonces: ¿es que acaso todo lo que dice un psicoanalista procede de la posición del analista?).

Al final mi pregunta fue respondida. Otro de los panelistas concluyó que los psicoanalistas también tienen prejuicios, que el matrimonio del mismo sexo es relativamente nuevo y potencialmente amenazante y qué cada psicoanalista hace lo que puede a la hora de teorizar al respecto.

Dado que el seminario se refería a Los Nombres del Padre y los Padres, yo no puedo sino estar honrado por el tiempo dedicado a responder mi pregunta. En lo personal creo que el tema de la homoparentalidad es complejo y que los verdaderos problemas están más allá de la reacción desde lo imaginario, desde esa fantasía según la cual hay algo destructivo o amenazante en el hecho de que dos personas con genitales similares formen familias. Hay que ir más allá de este velo si queremos empezar a articular las implicaciones de este “callejón sin salida” de los tiempos que corren.

Cierro mi relato diciendo que algo parece haberse movido con la discusión, al menos de mi lado. Desde ese evento, y quizás gracias a él, he retomado la investigación, como la que se suele activar al formar parte de un cartel. Ya les contaré. De eso tratan mis próximas entregas.