
A lo largo de la historia de Occidente, muchas personas se han acercado a la meditación. La mayoría de ellas por la vía del desarrollo espiritual. En la actualidad, sin embargo, sus beneficios son reconocidos también por la medicina en general y por la psicoterapia en particular, cada día con más fuerza.
Así es. El grueso de la investigación científica aporta datos que validan a la meditación como una herramienta útil para casos que incluyen condiciones crónicas, trastornos de ansiedad, depresión, junto a otros problemas emocionales.
En términos generales, la meditación es una práctica por la cual se entrena la mente, para generar ciertos estados de conciencia, con miras al logro de ciertos beneficios. En su dimensión espiritual el objetivo último es “alcanzar la iluminación”. En su dimensión terrenal la meta suele ser mucho más modesta, relacionada con lograr cierta paz mental y, por supuesto, con la eliminación de síntomas de naturaleza emocional.
Meditar es muy fácil, aunque se requiere de un guía o entrenador, especialmente al principio, cuando es importante adquirir la técnica e identificar las señales de que se ha alcanzado ese estado mental que la caracteriza. Sin embargo, hay que tener cuidado pues, en este mundo globalizado, podemos encontrar variantes de la meditación que no calzan en la descripción o los usos de los que hablo. Meditación es un término amplio, el cual tiene, además, varias acepciones.
De manera que no, acá no me refiero a ponerse a pensar sesudamente acerca de un problema (“estoy meditando acerca del mejor modo de zafarme de mi pareja”) ni tampoco en muchas de las meditaciones provenientes de la nueva era, cargadas de visualizaciones con intenciones curativas (“imagina tu tercer chakra abriéndose y notando como tus problemas sexuales desaparecen”) o devocionales (“imagina que tu ángel de la guarda te protege con su manto de luz”).
La meditación que ha encontrado mayor soporte y difusión en el ámbito de la salud es la llamada Meditación de Atención Plena (Mindfulness Meditation) o meditación zen, donde el practicante se sienta “cómodamente y sin hacer nada”. La práctica consiste en focalizar la atención en la respiración y en aceptar lo más inmediato de nuestra experiencia, las sensaciones corporales. Se reconoce que no vamos a dejar de pensar, y el entrenamiento consiste en observar esos pensamientos sin seguirlos, como quien mira un nube cuando cruza el cielo. La respiración sirve de ancla, y si nos descubrimos siguiendo los pensamientos (imaginando escenarios futuros o recordando eventos pasados) gentilmente reconocemos que forma parte de nuestra naturaleza, mientras inhalamos lenta y profundamente y volvemos a concentrarnos en el ritmo de nuestra respiración.
Para los interesados, puedo recomendar una serie mínima de libros para ponerse a tono con el tema:
- Lenoir, F. (2000). El budismo en occidente. Editorial Seix barral. Este libro provee un excelente marco histórico para comprender la presencia del budismo, y su técnica por excelencia – la meditación – y cómo éstos se han ido integrando a la sociedad occidental, en olas que vienen desde siglos atrás.
- Watts, A. (1992/1961). Psicoterapia del Este, Psicoterapia del Oeste. Editorial Kairós. Un clásico que compara el modo de obrar occidental (centrado en la ciencia) con el propio del oriente (y su énfasis en la contemplación), en lo relativo al manejo del salud mental. Allan Watts es uno autores más importantes de la segunda mitad del siglo XX, en lo que se refiere a la difusión del budismo, la meditación y el yoga. Cualquier texto de este autor es altamente recomendado.
- Kabat-Zinn, J. (2007). Vivir con plenitud las crisis: Cómo utilizar la sabiduría del cuerpo y de la mente para afrontar el estrés, el dolor y la enfermedad. Editorial Kairós. Este autor es el principal difusor contemporáneo de la meditación de atención plena como coadyuvante de la salud. La labor de este Doctor en Biología Molecular, condensada en un programa de entrenamiento en meditación que dura 8 semanas, ha revolucionado al sistema de salud en Norteamérica, al punto que muchos hospitales ofrecen este programa para personas con problemas físicos o emocionales.
Dada esta lista, debo enfatizar que lo más importante es la práctica. Entre leer y no practicar, o practicar y no leer, es mucho mejor la segunda opción (¡imagínense cómo será de importante la práctica que yo, lector voraz, sugiera dejar a un lado la lectura!). El conocimiento intelectual sin la práctica nos dejará en la posición de poder hablar sobre la meditación, sin tener lo esencial, la experiencia de haber meditado. Leer no va a calmar nuestra mente, ni va a fomentar la calma o la paz mental que se logra cuando cerramos los ojos y nos conformamos con estar en contacto con nosotros mismos. Esa es, al final, la única promesa que nos ofrece la meditación de atención plena, la de estar presente con nuestro presente. Los beneficios relacionados con la salud mental se derivan en su totalidad de este cambio de énfasis, donde se pasa del hacer al contemplar.





